Confesiones de mamá: no me gusta que mi marido duerma.

Nunca voy a olvidar que en medio de mi largo trabajo de parto con mi primera bebé, la partera le dijo a mi marido que durmiera una siesta. Entiendo las razones: él estaba cansado (no tanto como yo, se los aseguro), era de noche y yo lo iba a necesitar con fuerzas para cuando ya llegara el momento de pujar. Como parí en casa, recuerdo estar metida en la piscina de partos instalada en la sala y escuchar sus ronquidos salir de nuestra habitación. ¡Yo también quería dormir! Cerraba los ojos por momentos pero me despertaban las contracciones que se hacían más frecuentes.

En otra ocasión, ya cuando viajamos en avión con mis dos chiquitos mi bebé se durmió y yo se lo dí a mi marido para yo poder descansar. Él cayó como una piedra, y mi hija chiquita también estaba dormida. Dije: ¡qué bueno, voy a poder dormir un ratico! Pero como si mis palabras dañaran mi predicción, una vez me acomodé y respiré profundo, mi hija se despertó.

Estaba cansada de estar en el avión, quería ya bajarse, tenía sed, y entre que yo la calmaba, le cantaba, le consentía el pelo para ver si podía quedarse dormida de nuevo, anunciaron que faltaba una hora para llegar a nuestro destino. Tampoco pude dormir media hora porque cuando ella por fin cerró los ojos, se despertó mi bebé y quería teta.

Mi marido siguió con sus ojos cerrados.

Una mañana después de una noche larga  amamantando a mi bebé, él se despertó y encontró una nota escrita con marcadores de colores y letra desesperada: ¡NECESITO DORMIR, AYÚDAME! (lo hizo, se quedó un par de horas antes de ir a trabajar y yo pude recuperar algo de mi ser).

Yo lo amo, él hace todo lo que está a su alcance para que yo descanse cuando se puede, pero no sé si soy yo, si es la maternidad, si es que mi falta de horas de sueño acumuladas me hacen irritar cuando lo veo relajado. Mi razón me dice: él es humano como yo, necesita dormir. Pero mi locura me dice: No quiero que duermas si  no puedo dormir yo también.

Las mujeres, en general, necesitamos dormir más que los hombres. Y si somos mamás, ¡ni hablar!. No lo dicen mis ganas de dormir siesta, lo dice la ciencia.

Pero más allá de la razones científicas, de que el cerebro de la mamá (y mujer) necesita más horas de recuperación por su capacidad de multitasking, a mi, en particular, me irrita que mi marido tenga sueño.

Parece una locura: entiendo que él trabaja y que también se cansa mucho porque además es un gran papá. Sin embargo, si el fin de semana él quiere dormir la siesta y por alguna razón mis niños están más despiertos que las luces de Navidad, yo me irrito.

Cada vez que él se cansa o se queja de que lo está, yo me digo a mi misma: yo estoy más cansada desde hace 6 años que parí por primera vez.

No es una competencia de cansancios (¿o sí?). Quizás es mi reacción a la conspiración que se activa cuando los ojos de mamá por fin parecen tener oportunidad de cerrarse. O mi cansancio que ya me hace decir disparates, porque claro, él también necesita descansar y lo merece.

Cuéntame si también te irritas cuando tu marido tiene sueño.

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